Rumbo a Tokio (8) – Recuerdos del 64, Bob Hayes

Los 100 metros llanos están considerados “la prueba reina” del atletismo olímpico y a lo largo de más de un siglo de historia han cimentado la grandeza de sus máximos héroes como Jesse Owens, Carl Lewis o, más recientemente, Usain Bolt.

Pero los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964 tuvieron como dueño de los 100 llanos a un fenómeno de igual potencial, llamado Bob Hayes, quien dejó una huella imborrable en la especialidad. Difícil comparar distintas épocas, en especial por las diferencias tecnológicas que existían en el atletismo de los 60 y en el posterior, pero muchos expertos consideran aquellas actuaciones de Hayes en Tokio a la altura de sus sucesores.

Bob Hayes se había revelado como uno de los tantos talentos jóvenes que produce el atletismo universitario de Estados Unidos en las pruebas de velocidad cuando militaba en la A @ M Florida y estableció la marca mundial de las 100 yardas (91 metros) con 9s.1, que era la prueba clásica en esas competiciones. Venía de un ambiente marcado por la discriminación racial y en su autobiografía “Run-Bullet-Run”  contó que “cuando llegué a la Universidad ni siquiera nos permitían ingresar a los mismos cines que los estudiantes blancos”. Más adelante, cuando ya era una estrella del fútbol americano -su verdadera pasión- y pudo comprarse un auto “los policías me detenían continuamente. Hasta que me compré una gorra de chofer y les decía que simplemente estaba conduciendo el auto de mi empleador”.

Todavía en esos años se utilizaba el cronometraje manual en las carreras atléticas y el récord mundial de los 100 metros se había colocado en los “míticos” 10 segundos, logrados primero por el alemán Armin Hary -campeón olímpico en Roma- e igualados por el canadiense Harry Jerome y, poco antes de los Juegos de Tokio, por el venezolano Horacio Estéves. Este era la gran esperanza sudamericana de llegar alguna vez al podio de los 100 llanos, ya había sido semifinalista en Roma, pero un desgarro lo dejó fuera de los Juegos.

Bob Hayes se perfiló rápidamente como el favorito en el Estadio Nacional Meiji, sede de las competencias atléticas en los Juegos, y puesto a punto con las condiciones más modernas para la época, al igual que el resto de las instalaciones olímpicas. Sin embargo, la pista aún era de “carbonilla”. Fue la última vez ya que a partir de los Juegos de México comenzaron a utilizarse las pistas de material sintético, mucho más rápidas y favorables para el desenvolvimiento (y las marcas) de los atletas.

Ya se utilizaba un cronometraje electrónico, pero el tiempo se otorgaba de acuerdo al control manual. En las semifinales, Hayes arrasó con una marca de 9s.91 electrónica, que se indicó como 9s.9 manual y que no fue homologada por el fuerte viento a favor: 5,2 metros por segundo, cuando el límite reglamentario es de 2 metros.

Pero semejante demostración de potencial, lo dejaba como el gran aspirante a la medalla de oro. Ni siquiera su estilo poco ortodoxo, más bien tosco, bajaba esa consideración. Lo apodaban “The Duck” (El Pato) por ese andar que, entre los grandes sprinters de las últimas décadas, sólo podría atribuirse a un Michael Johnson en la década de los 90.

A Bob Hayes le asignaron el peor andarivel para la final, el número 1, que estaba “castigado”: entre la lluvia de los días anteriores y el paso de los corredores de 800 metros en las eliminatorias y los marchistas de 20 mil metros, lo habían dejado en pésimas condiciones. Ni siquiera esa situación lo amedrentó y a partir de los 30 metros, en base a toda su potencia, se fue alejando de sus rivales para terminar con la más amplia ventaja recordada hasta ese momento en una final olímpica de los 100 llanos.

El 15 de octubre de 1964 a las 15.30, con un clima ideal de 22°C y una humedad del 51%, Bob Hayes inscribió su nombre en la lista de los campeones olímpicos de 100 metros. Su marca de 10s.06 electrónicos fue informada en aquel momento como 10s.0 manuales, igualando el récord del mundo y estableciendo el récord de los Juegos. El cubano Enrique Figuerola consiguió la medalla de plata con 10s.2, convirtiéndose en el primer atleta de su país en llegar a un podio olímpico (siendo así el precursor de una gloriosa dinastía en este deporte). Y el canadiense Jerome, recordman del mundo compartido, alcanzó el bronce también con 10s2.

Si Hayes había ingresado en la historia atlética con esa actuación, lo que sucedió pocos días después no quedó atrás. En la posta de 4×100 metros, Estados Unidos no podía contar con otro de sus finalistas individuales, Mel Pender, lesionado. Formaba con Paul Drayton,- Gerry Ashworth y Richard Stebbin, para rematar con Hayes. Este recibió su testimonio con tres metros de desventaja sobre los equipos de Francia y Polonia, una desventaja muy difícil para cualquier carrera de relevos. Pero directamente arrasó. Según distintas mediciones, que se siguen discutiendo hasta nuestros días, Hayes (lanzado) corrió esa última recta entre 8s.7 y 8s.9, un tiempo increíble que sólo Lewis y Bolt pudieron concretar posteriormente como rematadores de relevos, y en pistas mucho más rápidas.

Con ese remate de Hayes, Estados Unidos se llevó la medalla dorada de una de sus pruebas clásicas (el 4×100), implantando un récord mundial de 39 segundos, “clavados”.

Hayes tenía apenas 21 años de edad -había nacido el 20 de diciembre de 1942 en Jacksonville- y decidió   volcarse a una actividad más redituable: el fútbol americano. Si el atletismo, amateur, no le dejaba un centavo, como “futbolista” acumuló 12 millones de dólares, una cifra considerable en su época. Y fue campeón del SuperBowl en dos oportunidades con los Dallas Cowboys en 1971 y con San Francisco cuatro años después. Son frecuentes los casos de atletas volcados al fútbol americano, pero Hayes fue el único que pudo enorgullecerse de tener tanto un oro olímpico como el anillo del SuperBowl.

Más adelante, la pasó mal, por consumo y tráfico de cocaína, lo que le valió diez meses de cárcel, antes de su rehabilitación. Vïctima de un cáncer de próstata murió el 20 de diciembre de 2002. Mel Pender, aquel compañero de la final olímpica, también estuvo junto a Hayes en los momentos difíciles. Ex soldado en Vietnam, Pender también fue medallista de oro con el relevo en los Juegos de México. Y a la hora del final de Hayes, llevó su féretro en la Florida. También, habló en su funeral: “Bob era un tipo dulce, amistoso. Lo amo como a un hermano, lo extraño”.

Entre los velocistas sudamericanos que participaron en los 100 metros en Tokio 64 el más destacado fue el venezolano Arquímedes Herrera, quien llegó a las semifinales. Su compatriota Lloyd Murad quedó en cuartos, mientras que el peruano Gerardo Di Tolla y el colombiano Francisco Gutiérrez participaron en las series.

 

 

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