Rumbo a Tokio (5) – La gesta de Aida dos Santos en los Juegos del 64

Hace pocos días, y en inminencia de los Juegos Olímpicos de Tokio –cita y ciudad que guardan los más cálidos recuerdos para ella- Aida dos Santos recibió una serie de homenajes a Rio de Janeiro, donde reside hoy, a sus 84 años.  El club Botafogo, al que ella representó, inauguró un busto de bronce de Aida en su sede de General Severiano. Y la cadena de tiendas de artículos deportivos Centauro lanzó el “Uniforme que nunca existe”, con el número 22 de frente y la imagen de la atleta, saltando. El Comité Olímpico de Brasil la introdujo a su Hall de la Fama.

Aida fue una verdadera heroína de aquellos Juegos para el deporte brasileño, cuando el atletismo femenino de su país aún no tenía el potencial de los tiempos actuales. Y su cuarto puesto en salto alto –tras batir el récord sudamericano- fue el más notable por mucho tiempo para el atletismo femenino de Brasil en los Juegos y en los Mundiales, hasta que llegaron el oro de Maurren Higa Maggi en salto en largo, la medalla de los relevos o las grandes actuaciones de Fabiana Murer en salto con garrocha.

Aida fue la única mujer de aquella delegación brasileña, viajó sin su entrenador, Alton de Conceicao, y también sin uniforme ni el equipamiento adecuado. Pasó muchas privaciones en Tokio pero se sobrepuso hasta estar peleando junto a la zona de medallas, en una competencia que ganó la mejor especialista de la historia –y una de las más grandes atletas de todos los tiempos- la rumana Iolanda Balas.

Nacida el 1 de marzo de 1937 en Niteroi, antigua capital del estado de Rio de Janeiro, Aida dos Santos recién se dedicó al atletismo después de cumplir veinte años, ya que hasta entonces jugaba al vóleibol. Fue una amiga, Vilma Moraes, quien le insistió “ya que a mí no me gustaba correr, saltar, ni lanzar”. Pero apenas vieron sus condiciones –saltó 1,50 m. en alto en su primer día- pasó a entrenar con el plantel de Vasco da Gama, dejando las instalaciones del Fluminense en Niteroi, donde se encontraba hasta entonces.

Hace una década, Roberto Gesta de Melo –titular de la Consudatle y la CBAT- instituyó la medalla “Aida dos Santos” para el atletismo femenino de Brasil, en un acto que contó con la protagonista y donde también se presentó el libro “Mulheres no podio” para homenajear a las damas ilustres del atletismo que ofrendó Brasil. Allí, el texto correspondiente a Aida –y que refleja su vida y su campaña- fue escrito por una de sus antecesoras en los títulos y récords a nivel sudamericano, Elisabeth Clara Muller, y aquel gran historiador, periodista y estadígrafo del atletismo brasileño, José Clemente Goncalves, justamente el esposo de Elisabet.

Y recuerdan que Aida, a comienzos de 1961, ya estaba en nivel de 1,60 m. en salto en alto. Ella hizo su aparición en los Campeonatos Sudamericanos en Lima (1961) donde obtuvo el título de salto en alto con 1,60 m. Pero desde aquel momento,  en dichos campeonatos protagonizó grandes duelos con su compatriota Maria da Conceicao Cipriano, quien siempre resultó la vencedora: Cali (1963) con 1,58 m, Rio de Janeiro (1965) con 1,69 m, Buenos Aires (1967) con 1,66 m. y Quito (1969) con 1,70 m. Pero Aida, por su parte, fue vencedora con el relevo corto en  Buenos Aires. Y dos años más tarde, en Quito, tuvo una lucida performance ya que logró el pentathlon, que se disputaba por primera vez, y volvió a ganar con el relevo corto, cuyo registro de 46 segundos representó el récord sudamericano. Aida se despidió de los Sudamericanos en Lima (1971) al obtener nuevamente el título del heptathlon, que ahora incluía los 100 metros con vallas, en lugar de los 80v de la edición precedente. Su cuenta de medallas en estos campeonatos también abarca un segundo puesto de lanzamiento de jabalina en 1963, escoltando a la subcampeona olímpica, la chilena Marlene Ahrens.

En los 100 metros vallas, Aida había sido la precursora del récord sudamericano con 14s.77 electrónicos durante los Panamericanos de Cali (1971) y con 14s.8 manuales, dos años antes en Sao Paulo.

Su participación incluye el Campeonato Iberoamericano, cuya segunda edición se cumplió en Madrid (1962) y allí Aida triunfó en salto en alto con 1,56m, superando esa vez a Cipriano por dos centímetros.

Al año siguiente, ambas pelearon por las medallas en los Juegos Panamericanos disputados en Sao Paulo, pero Cipriano fue cuarta con 1,59 m. y Aida quedó quinta con 1,53 m. Lo mismo sucedió cuatro años más tarde en Winnipeg. Pero en Cali (1971), Aida dos Santos se dio el gusto de ascender al podio del pentathlon y llevarse la medalla de bronce con 3.887 puntos (3.749 según la tabla actual), después de parciales de 14s77 en los 100 metros vallas, 11,51 m. en bala, 1.53 en alto, 5.42 en salto en largo y 24s.68 en 200 metros llanos.

 

Sin dudas Tokio 64 marcó el momento culminante e inolvidable en la campaña de Aida dos Santos. El Comité Olímpico de Brasil había establecido una marca mínima de 1,65 m. para asistir a los Juegos, objetivo tanto de Aida como de su gran rival, Cipriano. Ambas consiguieron esa marca –que además significaba récord sudamericano- el 26 de julio en Rio. Pero el 16 de agosto, durante el Trofeo Brasil en Sao Caetano do Sul, Cipriano elevó el tope a 1,71 m., mientras Aida repetía el registro de 1.65. En ese momento, el COB decidió que compitieran en otras tres pruebas consecutivas, que fueron ganadas por Aida con 1.65 en todas las oportunidades.

Fue una situación tensa, nerviosa, de varios meses para ambas atletas. Aida dos Santos, además, entrenaba en condiciones muy difíciles, ya que también cumplía tareas domésticas.

Finalmente fue como única atleta brasileña a los Juegos y le asignaron como jefe de equipo al brigadier Jerónimo Bastos, cuya atención estaba concentrada en el pentathlon moderno (los otros integrantes de la delegación eran los jugadores de los seleccionados de básquet, fútbol, vóleibol y waterpolo). “No tenía ningún técnico, ningún dirigente, nadie que me acompañara. Ni siquiera, zapatillas de entrenamiento”, recordó medio siglo más tarde. Estaba casi sola en la Villa Olímpica, ya que el alojamiento destinado a las damas se encontraba lejos de las delegaciones masculinas. El episodio ya forma parte de nuestra historia atlética, como un símbolo de época y de las condiciones en que se salía a competir en el alto nivel internacional. Aida recién encontró ayuda en Tokio cuando se le acercaron conocidos como el saltarín estadounidense Ralph Boston, el peruano Roberto Abugattas y, especialmente, el cubano Lázaro Betancourt, quien pudo conseguirle mejores zapatillas y asistencia médica.

Y así, solitaria, se marchó a competir el 15 de octubre bien temprano, para la clasificación del salto en alto, donde necesitaba una altura de 1,70 m. si quería permanecer entre las finalistas. Su antecedente personal era 1,65 y, no obstante, arriesgó: arrancó en 1.60, siguió con 1.65, 1.68 y 1.70, logrando su acceso a la prueba decisiva que se cumplía pocas horas después.

En la final olímpica, tras arrancar con 1.60, 1.65 y 1.68, consiguió 1.71 para igualar el récord sudamericano. Lo superó enseguida con 1.74, instalándose cerca de las medallas. Pero 1.76 ya fue insuperable y terminó cuarta. Allí Balas confirmó, sin dificultades, su condición de favorita, ganando con un récord para los Juegos de 1,90 m. y con diez centímetros de ventaja sobre la australiana Michele Mason-Brown. El bronce fue para la soviética Taisiya Chenchik con 1.78 m.

Cuando Aida volvió a la Villa Olímpica encontró algunos mensajes de la delegación brasileña. Uno de ellos decía “felicitaciones por tu honrosa derrota” (¡¡¡). Otros, que la habían seguido… por televisión.

Había concretado la mejor actuación histórica, hasta ese momento, de una mujer brasileña en los Juegos Olímpicos y nadie sabía reconocerla…

 

Iolanda Balas, tal como citamos, fue la más relevante saltarina de todos los tiempos, autora de 14 récords mundiales a lo largo de su extensa carrera, campeona olímpica en Roma (1960) y nuevamente en Tokio (1964) y con una incomparable serie de 150 triunfos consecutivos en la especialidad: durante más de una década –exactamente, once años- nadie pudo ganarle, tal era su superioridad “Si alguna vez hubo un atleta que se elevó por mucho tiempo sobre sus contemporáneos, fue Iolanda Balas”, definió el gran experto italiano Roberto Quercetani.

Apenas unos meses mayor que Aida (12 de diciembre de 1936, en Timisoara), Iolanda Balas venía de una familia húngaro-rumana, su padre era cerrajero y combatió para el ejército húngaro durante la Segunda Guerra Mundial. Iolanda pudo estudiar en una escuela católica de su ciudad natal y allí una de sus vecinas, la campeona de pentathlon Luiza Ernest-Lupsa, la  “descubrió” para el atletismo y la llevó al Club Electra. Ya de joven medía 1,85 m. y sobresalía entre las atletas de su época, y en el citado club conoció a un gran saltarín como Ion Söter –ocho veces campeón rumano de salto en alto, primero en su país en superar los 2 metros- quien fue su entrenador y luego, su esposo. Pero con aquella estatura, Balas no podía utilizar los estilos de salto tan convencionales para la época (el barren-roll y el straddle) y se dedicó al más difícil, tijera. Aún así, barrió con todos los récords, tras instalarse en la capital Bucarest para representar al Steaua. En 1954 fue subcampeona europea en Berna y dos años más tarde consiguió el primero de sus récords mundiales con 1.75 m. en Bucarest. La llevaron a los Juegos Olímpicos de Melbourne –terminó quinta, fue su última derrota hasta junio de 1967- pero no así a su entrenador Ion: el hermano de éste vivía en Australia y los directivos del régimen represivo rumano temían que Ion e Iolanda desertaran, como lo hacían tantos deportistas del llamado “área socialista”. Ya en los Juegos de Roma, Balas impuso una tremenda superioridad y se llevó la medalla de oro después de superar en tres oportunidades el récord olímpico (1.77, 1.81, 1.85)

El último de sus récords fue 1.91 m., logrado el 16 de julio de 1961, que tuvo una vigencia de una década en las tablas femeninas. Al momento de retirarse Balas de la actividad, tras sufrir una lesión en el tendón, de los 99 saltos registrados en el atletismo femenino sobre 1,80 m, casi todos (94, exactamente) los había logrado ella. Despoués de la caída del siniestro régimen de Ceasescu, con una revolución iniciada justamente en Timisoara, Balas fue la presidenta de la Federación de atletismo de Rumania entre 1991 y 2005, además de ejercer durante cuatro años la vicepresidencia del Comité Olímpico de su país. Falleció en Bucarest el 11 de marzo de 2006.

Aida dos Santos, por su parte, tuvo otra oportunidad olímpica en México (1968), pero ahora con el pentathlon, donde ocupó al 20ª. posición.

Además de sobresalir en las competencias atléticas, Aida fue una destacada jugadora de vóleibol para el Botafogo y su propia hija, Valeskhina, alcanzó dos veces la medalla dorada de este deporte en los Juegos con el seleccionado brasileño.

 

FOTO: Aida dos Santos con el ex presidente de la Consudatle, Roberto Gesta de Melo, quien la homenajeó.

 

 

 

 

 

 

 

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