A seis décadas del memorable duelo Suárez-Lemos

Fuente: Luis Vinker / Diario Clarín
La temporada del atletismo prácticamente estaba cerrada, en diciembre de 1957, cuando las figuras de aquel momento llegaron a la pista del Club de Gimnasia y Esgrima para un último esfuerzo: los Campeonatos Nacionales. Ni el calor, ni el cansancio, evitaron que los grandes protagonistas de las carreras de fondo de esa época, Osvaldo Suárez y Walter Lemos, protagonizaron un duelo que haría historia.
Ambos estaban en la plenitud de sus condiciones físicas y técnicas. El sábado 14 de diciembre, Suárez –más joven, más técnico y más veloz en los finales- ganó los 5.000 metros y estableció un récord sudamericano de 14m.16s.6 (tenía 14m.20s.7 desde el año anterior) con una clara ventaja sobre Lemos, a pesar de que éste –con 14m.27s.1 se acercaba a su mejor registro personal).

 

Pero el desquite se anunciaba para el día siguiente, en los 10 mil metros llanos que se había convertido “en el clásico de los clásicos” para ambos corredores. Ni aquel esfuerzo del día anterior, ni las tensiones de una extensa temporada, frenaban tanta motivación. Fue una lucha sin treguas a lo largo de 25 vueltas a la pista de Palermo, hasta que el sprint final de Suárez resultó impecable. Por poco: los cronometristas le marcaron 29m.39s.6, bajando en dos décimas el récord sudamericano que Lemos había fijado el 17 de marzo de ese mismo año. Y Lemos, en esa fenomenal carrera, repitió su récord. Pero esta vez no le alcanzó. Con esas marcas, se ubicaban entre los veinte primeros del ránking mundial, liderado en 1957 por el británico George Knight con 29m06s4. Dos semanas después, ambos se alistaron para la clásica Travesía de San Silvestre en San Pablo, que en esa época tenía un recorrido de 7,4 kilómetros y un nombre dominante (el portugués Manoel Farias). Suárez llegó segundo, dejando atrás al bicampeón olímpico, el ruso Vladimir Kuts, mientras Lemos se ubicaba 14°. Pero en las tres temporadas siguientes, Suárez sería el campeón de las avenidas paulistas, triunfos que le pavimentaron el camino a su popularidad.
Osvaldo Roberto Suárez, nacido en 1934, había llegado al atletismo casi por casualidad, en pruebas callejeras de su barrio, Wilde. Desde muy joven se reveló su notable talento –fue recordman mundial junior- y quedó bajo la guía técnica de Alejandro Stirling, el austríaco que llevara a Juan Carlos Zabala a su consagración olímpica. Lemos (clase 1930), provenía de Sunchales, Santa Fe, asomó al atletismo con su victoria en el Maratón de los Barrios que organizaba El Gráfico y se quedó en Buenos Aires bajo la conducción de otro maestro, Don Pancho Mura.
Se turnaban para batir cuánto récord (sudamericano, nacional) se propusieran en pruebas de fondo, eran los herederos directos de aquella gloriosa tradición de medallistas olímpicos: Zabala, Cabrera, Gorno. Lo que concretaron sobre 10 mil metros es un ejemplo: Suárez fijó el tope en 30m30s0 a principios de 1955 y Lemos se lo bajó por seis segundos, un año más tarde. Al mes siguiente (18 de marzo), Suárez lo llevó a 30m15s6 y apenas seis días después, Lemos lo colocó en 30m10s1. El 7 de julio de ese mismo año, Suárez se convirtió en el primer atleta de la región en bajar de 30 minutos: 29m49s9, en una carrera en la que superó a Lemos, pese a que éste también bajó los 30m. Y Lemos volvió a batir el récord con sus ya citados 29m39s8, el 17 de marzo de 1957. Hasta que llegaría el frente a frente de los Nacionales del 57… “Yo lo quería mucho a Walter. Era un calentón… Por eso lo apodábamos ‘Caldera’. Entonces se enojaba más, pero después se le pasaba”, recordó Osvaldo hace algún tiempo. Lemos ya murió, tres años atrás.
Fieros rivales en la pista, compañeros afuera (con una amistad que se incrementaría en el tiempo), fueron víctimas de aquel tiempo político, de represión y persecuciones. La Revolución Libertadora, que había derrocado a Perón, designó al Coronel Fernando Huergo como interventor en el Comité Olímpico. Decidió sancionar a decenas deportistas que –tuvieran simpatías o no con el peronismo- habían sido protagonistas en temporadas anteriores. Entre ellos, basquetbolistas, tenistas, remeros. A Lemos lo suspendió porque Perón le había entregado una motoneta como premio después de una carrera. Y Suárez… nunca le explicó porqué. Más cruel aún, esas sanciones fueron previas a los Juegos Olímpicos de Melbourne (noviembre de 1956)… y se levantaron después. Tanto Suárez –que entrenaba junto a Reinaldo Gorno- como Lemos se sentían en óptimas condiciones para el maratón en tierras australianas.

 
Pasado aquel disgusto “olímpico” –una herida que nunca terminó de cicatrizar- ambos demostraron sus dotes al año siguiente. En el llamado Campeonato Sudamericano de los Campeones, en Chile, Lemos ganó los 10 mil metros y el medio maratón, con una marca de 1h05m14s que durante casi tres décadas no fue igualada por otro argentino. Lemos, además, fue un fiel “lugarteniente” en las numerosas conquistas de Suárez, el atleta argentino más laureado en competencias sudamericanas, iberoamericanas y Juegos Panamericanos. Para su gira europea de 1959, Suárez alcanzaba su mejor nivel en pista con récords de 3.000 metros (8m12s0 en Munich), 5.000 metros (14m05s0 en Viena) y 10 mil metros (29m26s0 en Praga), quedando aquí 11° en el ránking del mundo. A nivel nacional, estos registros permanecieron intocables por más de dos décadas. Pero el maratón seguía siendo el sueño de Osvaldo, también de Lemos. Y para Roma 1960 sí, se ganaron la convocatoria. En aquel recorrido que culminó bajo el Arco de Constantino, el etíope Abebe Bikila, el de los pies descalzos, inauguró la interminable racha de triunfos africanos en largas distancias. Suárez, pese a sufrir problemas estomacales desde la mitad del recorrido, cumplió su mejor maratón en 2h21m27s –récord sudamericano- y en el noveno puesto, mientras Lemos quedaba mas lejos, 50°. Otro argentino, Gumersindo Gómez, fue 15°.
Suárez-Lemos, duelo de una época ya lejana, imágenes de un esplendor de los corredores de fondo de la Argentina.